Durante mucho tiempo, la superficie pictórica se ha concebido como un plano.

Con el modernismo, se convierte en el escenario de una afirmación: la pintura debe reconocer su planitud (Greenberg). La superficie es lo que impide la ilusión. Pero esta interpretación deja al lienzo en una relativa inercia. Sigue siendo un soporte.

En mi obra, la superficie deja de ser un simple plano para convertirse en una membrana.